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18 de Septiembre de 1810.

De las Colonias españolas, Chile parecía en 1808 la menos preparada para alcanzar su independencia, ninguna había sido más desatendida por España, ninguna era más pobre y atrasada.

Chile era un país esencialmente agrícola. El antiguo sistema de repartimientos, modificados por la Ley y las costumbres, habían dado origen a una organización muy semejante al feudalismo de la Edad Media. Los grandes propietarios de la tierra tenían a su lado una especie de colonia de campesinos que les debían obediencia y vasallaje. Sin la seguridad de su hogar y ninguna perspectiva para su familia, esta masa de trabajadores, como se comprenderá,  llevaba una vida miserable.

Ante este panorama social, ya corría por Santiago la idea revolucionaría.

A la muerte del Brigadier español Don Luis Muñoz de Guzmán, que gobernaba Chile, acaecida en Febrero de 1808, le sucedió en el cargo el Brigadier de Ingenieros Don Francisco García Carrasco. Este se rodeó de una Corte de favoritos, y para sostenerlos se vio envuelto en molestas cuestiones con el Cabildo, con la Universidad y con otras Instituciones. Las dificultades se agravaron sobremanera al saberse en Chile que los ejércitos franceses habían invadido España y que José Bonaparte, hermano de Napoleón 1º, reinaba en lugar de Fernando VII.

Los hombres más avanzados de la Colonia empezaron a preocuparse de la situación política producida y divulgando la idea de que España sería sometida a un poder extranjero, agitaban la opinión pública a fin de encaminarla a un cambio de gobierno. Silenciosamente se estudiaban las grandes cuestiones relativas a su organización, preguntándose unos a otros como debía procederse.

Don Juan Martínez de Rozas, asesor de la Intendencia de Concepción y Don Bernardo O’Higgins, Alcalde del Cabildo de Chillán, que daban a conocer las reformas liberales que se abrían paso en Europa, preparaban en el sur el movimiento revolucionario. En Santiago, Don José Antonio de Rojas, un venerable anciano, conocido como un gran enciclopedista, que había leído las obras de Voltaire y Rousseau, precursores de la Revolución Francesa, reunía en su caso a los hombres más caracterizados y fomentaba entre ellos la propaganda de las nuevas doctrinas.

En vista de esta situación, el Gobernador García Carrasco, para poner término a la agitación, hizo apresar, el 25 de Mayo de 1810, a José Antonio de Rojas, al Procurador de la Ciudad  Don Juan Antonio Ovalle y al doctor Don Bernardo de Vera y Pintado, los que fueron remitidos a Valparaíso, trasladándose  a dicho puerto un Oidor de la Real Audiencia para instruir un proceso por el delito de conspiración.

Esta medida violenta produjo en Santiago una gran alarma y las quejas contra el Gobernador García Carrasco fueron más duras. Los señores más importante, le solicitaron la libertad de los presos, a  lo cual contesto que accedería. Sin embargo, procediendo con la mayor cautela, dispuso que los tres reos fueran enviados a  Lima para ser puestos a disposición del Virrey del Perú.

Al conocerse las órdenes de García, la indignación de los santiaguinos se manifestó con uno violencia amenazadora en un mitin celebrado en lo mañana del 11 de Julio de 1810 en la Plaza de Armas. El Cabildo se reunió y la Real Audiencia, divisando la tempestad que se alzaba también reunió a sus miembros para buscar un remedio a aquella situación.
Llamado García Carrasco al Tribunal, se le pidió la renuncia como un medio de poner término a la agitación (16/07/1810) y en su reemplazo se nombró a Don Mateo de Toro Zambrano Ureta, chileno, nacido en Santiago, de 83 años de edad quién había desempeñado una brillante carrera militar y en la administración. Gobernador de Chiloé y de La Serena, Alcalde de Santiago y Superintendente de la Casa de Moneda, por su participación en la expedición a La Araucanía se le concedió el título de Conde de la Conquista. Gracias a sus negocios se labró una de las mayores fortunas del país. Mantenía frecuentes y cordiales entrevistas con los patriotas.

Con el fin de consultar a los ciudadanos acerca del sistema más adecuado para conservar los derechos de Fernando VII, convocó a un Cabildo Abierto el 18/09/1810.

Había llegado la hora en que el pensamiento revolucionario propio, hasta entonces, de las personas mas ilustradas, llegara a la conciencia del hombre común, que desde ese momento se consagraría a la emancipación de la Patria.

El martes 18 de Septiembre de 1810, Santiago ofrecía el espectáculo de un gran movimiento militar. Los patriotas quisieron revestir de toda solemnidad los actos que se verificarían ese día. Partidas de tropas recorrían las calles centrales o permanecían estacionadas vigilando los suburbios o entradas a la ciudad por el sur, como el callejón de Ugarte (Lord Cochrane), el callejón de San Diego (A. Prat), el callejón de la Ollería (Av. Portugal) y el callejón del Hospital (Sta. Rosa).

En la Cañada (Alameda) estaba el Regimiento de la “La Princesa” desde San Francisco a San Lázaro (Ejército). El Regimiento de Caballería “Príncipe” se había fraccionado en destacamentos y cerraban las cuatro calles que daban entrada a la Plazuela de Consulado (Compañía frente al Congreso). Los Dragones de la Reina y los Dragones de la Frontera se estacionaron en la calle que comunica la Plaza de Armas con la Plazuela del Consulado.

Las tropas estaban al mando del militar chileno Sargento Mayor Don Juan de Dios Vial.

En Santiago existía entretanto una gran agitación. Durante algunas noches anteriores recorrían las calles patrullas de ciudadanos no uniformados y provistos de armas blancas para contener cualquier conato de levantamiento destinados a mantener el régimen realista existente. Ya asomaba en todas partes, con grandes caracteres la revolución armada. Los realistas más prominentes fomentaban lo desobediencia de las tropas y junto a la Real Audiencia, llamaban al pueblo para la defensa de sus privilegios.

Serían poco más de las nueve de la mañana del martes 18 de Septiembre de 1810, cuando se reunían en una pobre sala del Consulado cerca de 350 personas.

Esta Sala, de murallas blanqueadas con cal, sin adorno alguno, con rústicos bancos de madera por únicos asientos, iba a ser la Cuna de la República.

Estaban presentes en esta magna Asamblea los Jefes de diversas corporaciones, los Prelados de las distintas órdenes religiosas, universitarios y los vecinos más influyentes. Los Oidores dc la Real Audiencia no fueron invitados, en cambio se juntaron en sus oficinas y manifestando su enojo por el “desacato” que se iba a consumar hablaban en los términos más duros contra los organizadores del Cabildo Abierto.

Como a las diez de la mañana, clarines anunciaron la salida de Don Mateo de Toro y Zambrano y su comitiva de la Casa Colorada, siendo aclamados con atronadores vítores.
Cuando llegó al Consulado se le tributaron nuevos vivas y aplausos. Algunas damas enviaron a algunas “chinitas” con flores y arrayanes, que arrojaron a su paso.

Al entrar o la Sala, todo el mundo se puso de pie y saludándolo jubilosamente.

El Conde de la Conquista venía precedido por el Cabido y acompañado dc su Secretario Don José Gregorio Argomedo y por su Asesor Don José Gaspar Marín. Los tres funcionarios tomaron asiento en los sillones del estrado en medio de un respetuoso silencio.

Al cabo de un instante el Conde se levantó y se dirigió a la concurrencia y dijo: “Aquí está el bastón, disponed de él y del mando’ y entregándoselo al Secretario Argomedo agregó: “Significad al pueblo lo que os tengo prevenido’.

Argomedo alaba la actitud del Conde, siendo acogidas sus palabras con grandes aclamaciones.

En seguida, el Procurador de la ciudad don José Miguel Infante, en representación dcl Cabildo, se levantó y pronunció un discurso.

La gran mayoría de los presentes, se pusieron de pie y expresaron su voluntad con un clamoreo general en que sólo se oían gritos de “Queremos Junta” “Junta queremos».

Se distinguen en este griterío un grupo de estudiantes de la Universidad de San Felipe, encabezados por un abogado joven que en los años venideros daría mucho que hablar: Manuel Rodríguez Erdoiza.

Finalmente la creación de una Junta de Gobierno fue aprobada por aclamación. Don José M. Infante se subió a un banco y empezó a proponer los nombres de las personas que debían componer la Junta de Gobierno: Presidente: Don Mateo de Toro Zambrano, Vicepresidente: Don José Antonio  Martínez de Aldunate, Obispo Electo de Santiago, Vocales:  Don Fernando Márquez de la Plata, el doctor Juan Martines de Rozas y Don Ignacio de la Carrera.

Corno se pidiera que se agregaran dos nombres más, fueron aclamados vocales de la Junta el Coronel Don Francisco Javier de Reyna y Don Juan Enrique Rosales. Secretarios quedaron designados los doctores Don José Gaspar Marín y Don José Gregorio Argomedo.

La Asamblea se disolvió a eso de las tres de la tarde en medio de las mas vivas efusiones de alegría.

Según algunos historiadores, no faltaron los asistentes que concurrieron preparados para una larga jornada, como quedó demostrado al efectuar el aseo de la Sala, ya que se encontró huesos de gallina, cáscaras de huevo y restos de alimentos.

Las campanas de la ciudad anunciaban con sus sonoros repiques el reciente cambio de gobierno.

   Había nacido la Patria.

Gracias por su atención,
Mario Silva Vargas.

Trabajo presentado en Sesión del Jueves 5 de Septiembre de 2002.
Rotary Club Santiago Norte. 

 
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