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LA JOYA DEL PACIFICO. Víctor Acosta — Vals tabernero.
Eres un arco iris de múltiples colores tu Valparaíso, puerto principal, tus mujeres son blancas margaritas, todas ellas arrancadas de tu mar.
Al mirarte de Playa Ancha, lindo puerto, allí se ven los barcos al salir y al entrar. el marino te canta esta canción yo sin ti no vivo, puerto de mi amor.
Del cerro Los Placeres yo me pase al Barón, me vine al Cordillera, en busca de tu amor, te fuiste al cerro Alegre, y yo siempre detrás, porteña buenamoza, no me hagas sufrir más.
La Plaza de la Victoria, es un centro social, Avenida Pedro Montt, como tu no hay otra igual, mas yo quisiera cantarte con todito el corazón Torpedera de mi ensueño, Valparaíso de mi amor.
En mis primeros años, yo pude descubrir la historia de tus cerros jugando al volantín, como las mariposas que vuelan entre las rosas, yo recorrí tus cerros hasta el último confin
Yo me aleje de ti, puerto querido, y al retornar de nuevo te vuelvo a contemplar, La joya del Pacifico te llaman los marinos y yo te llamo encanto, como Viña del Mar.
Del cerro Los Placeres...
La canción símbolo “La Joya del Pacifico” se consolido como un fenómeno musical y social. Es un mensaje universal, con estilo de vals costino peruano, nostálgico, plañidero, cebollero; un canto de marinos solos que añoran el hogar lejano. (de El Mercurio de Santiago, 22 de Marzo del 2.000 por Jorge Silva Rojas)
Como todas las noches, las aposentadurías del Teatro Avenida están repletas de un público heterogéneo y bullicioso. Los espectáculos del Gordito de la Noche (Jorge Valdivia) en su local de la Avda. Argentina, son la atracción indiscutible de la bohemia porteña en la década del 60.
En el escenario se suceden las sensuales curvas de las bailarinas, los picarescos sketches de los humoristas y los intérpretes de canciones jocosas y de aquellas otras que tocan la recia fibra sentimental de los hombres de puerto, semejantes en todas las latitudes.
Luis Barrios, un joven cantante peruano venido desde el norte, a poco mas de un año de su llegada a Chile, cosechaba los aplausos de la audiencia, proyectándose como una novel figura artística en la rutilante noche de Valparaíso.
El productor del espectáculo revisteril, Ernesto Sotolicchio, aquilato las posibilidades del nuevo “chansonniere”, pero apunto una falencia en su repertorio. Para lograr pleno éxito precisaba de una canción que realmente motivara a su publico, que pudiera ser reconocida y se identificara con él. En su búsqueda se intentan varias letras y melodías. En vano. Nada parece dar en el clavo.
Una noche, ya de amanecida, al termino de una función, Sotolocchio y Barrios van a comer al vecino restaurant Las Cachas Grandes. El brumoso local, famoso por sus abundantes platos (de allí su nombre), lucia su habitual concurrencia de parroquianos transnochados buscando “arreglar el cuerpo” a esas horas de la madrugada.
De pronto una figura se abre paso entre las mesas. Los vítores saludan al recién llegado, un cantor conocido en las boites del Puerto y del Almendral. Respondiendo pedidos a viva voz que vienen de todas partes, comienza a entonar una canción. El vocerío calla y la letra se va desgranando en el lugar. Todos la escuchan en reverente y emocionado silencio. Sus sones y poemas nostálgicos los une, los interpreta y los hacen suyos. Hasta lagrimas son furtivamente disimuladas tras el humo de los cigarrillos o en el fondo del vaso de vino.
Sotolicchio y Barrios están fascinados ¡Esa es! ¡La canción buscada! Su interprete, Jorge Farias. Su titulo: “La Joya del Pacifico”.
Por esos años ya se la canta en las amanecidas del American Bar, el Roland Bar, el Yako, la Caverna del Diablo, el Café Checo, La pensión La Rosa, el Nunca Se Supo, Las Grecas, el Manila y tantos otros locales noctámbulos en el Valparaíso de hace cuatro décadas o mas.
Su letra y melodía forman parte de la banda sonora de una película que Aldo Francia acababa de filmar, “Valparaíso mi amor”.
VALPARAISO MAGICO.
Lucho Barrios no disimula su entusiasmo. Ahora recuerda donde escucho antes esa canción. Fue en los 50, en la versión de un conjunto también peruano, Los Embajadores del Peru quienes le obsequiaron la grabacion. A su regreso a Lima busca el disco y rescata la letra.
El pausado estilo del vals original ya no es el mismo, pues ha incorporado el de sus interpretes costinos. Barrios lo retorna y le da su forma actual, la mas conocida.
Ahora si, difundida por las radios, se le escucha de día en los cerros y en las noches en los lugares de farándula del plan. Acompaña a Lucho Barrios a Santiago y se enraíza en el sentimiento popular, donde permanece por varios años.
Pero es el fenómeno histórico-social del exilio el que otorga a “La Joya del Pacifico” su reconocimiento internacional.
A comienzos de la decada del 80 la colonia chilena residente en Australia, mayoritariamente porteña invita a Lucho Barrios a visitarla. La ocasión da lugar a reuniones donde se suceden las canciones, alegres unas y sentimentales otras, coreadas todas por una audiencia que recuerda la patria lejana.
Pero ocurre algo especial, único, casi mágico. En algún momento, casi siempre cerca del final, alguien pide, hasta con timidez, la canción de Valparaíso. Entonces se hace el silencio, los ojos se humedecen y la distancia desaparece. Cada uno, ensimismado, recorre en su imaginación esa Avenida Pedro Montt, que nace en la Plaza de la Victoria; sube al cerro Los Placeres, se va al Barón, se asoma al Cordillera, al Alegre; pasea por Playa Ancha y baja a la playa de Las Torpederas. Por un momento, el puerto de nostalgias esta allí, detenido en el tiempo y el recuerdo.
Lo mismo se repite después en Suecia. Barrios es invitado en Estocolmo a un programa radial de alcance continental, en el que termina interpretando el vals porteño. Ocurre entonces lo inesperado. Decenas de llamados inunda la emisora desde toda Europa; voces apenas audibles, ahogadas de emoción, piden escucharlo de nuevo.
Chilenos que jamás han estado en Valparaíso evocan en la lejanía la imagen de un puerto cuyo solo nombre agolpa reminiscencias y que tampoco resulta extraño en los países en que residen. Los dos recitales que Barrios daría en el Olimpia de Paris terminan también con esta canción símbolo y una audiencia enfervorizada que la aplaude de pie.
Es que para ser porteño no se necesita haber nacido en Valparaíso. Basta amar los espacios infinitos, el viento, el olor salobre, la inmutabilidad de un paisaje que no es nunca el mismo, el sentir que cada día se esta al borde de la aventura. Basta amar el mar.
Cuando así ocurre, cobran significado los versos de Acosta y se comprenden la mirada huidiza y el silencio de la emoción que solo puede ser compartida en solitaria intimidad con las olas.
Vals tabernero.
Su creador Víctor Acosta, nacido en 1905, en Vallenar. Considerado en su época uno de los mejores interpretes de la tonada urbana, vivió en su juventud en Valparaíso, donde a comienzos de los años 30 concibe los inspirados versos con los que rinde homenaje al puerto que tanto quiere y agradece. La muerte lo sorprendió en Santiago, en 1966.
Muchas otras canciones son hijas de su creatividad. Varias de ellas pasan al surco en los sellos RCA Víctor, Columbia y Odeón. Pero, como siempre sucede, el tiempo pasa y “La Joya del Pacifico” desaparece, sin pena ni gloria del cancionero popular.
Agustín Ruiz, musicólogo, profesor de la Escuela de Música de la Universidad Católica de Valparaíso y conservador del Fondo Margot Loyola, explica que la interpretación corresponde a un tipo de vals conocido como “tabernero”, ligado al ambiente costero y difundido en todo el litoral latinoamericano, desde los puertos del sur de Colombia hasta Talcahuano, en el sur de Chile, pasando por los de Ecuador y Perú.
Su canal de difusión lo constituyen los tripulantes de las naves mercantes, los vaporinos. Con su estilo de vals costino peruano, en tono menor, propio de un mundo donde están ausentes las voces femeninas, su letra es nostálgica, plañidera, “cebollera”. Un canto de hombres solos que añoran el hogar lejano.
Para la folklorista Margot Loyola, Premio Nacional de Arte 1994 y Profesora Emerita de la Universidad Católica de Valparaíso, con mas de 180 distinciones nacionales y extranjeras, “la letra es lo más distintivo de este vals, pues trasluce la añoranza del hombre de mar”.
“Valparaíso-resume- es la única ciudad de Chile que tiene una personalidad propia, reconocible en todo el mundo. Cualquiera medianamente culto lo distingue como un puerto latinoamericano del Pacifico, cuna de aventuras y episodios cargados con el exotismo de tierras lejanas”.
Homenaje Musical.
Pese a ser tan característica, no es esta la única composición en su tipo que canta a Valparaíso, ni tampoco es este el único puerto objeto de tan sentido homenaje musical.
Están también “Valparaíso”, de Osvaldo “Gitano” Rodríguez, arquitecto y en las peñas universitarias. La composición autobiográfica describe las vivencias que fueron plasmando su amor por la ciudad.
O “Capitanía”, de Cristina Miranda y Luis Adwis, que en una descripción intima, plena de tonalidades y colores, va dando forma, como a través de una paleta musical, a la pintura reminiscente de un Valparaíso añorado.
Mas al norte, con mayor cercanía al tronco musical costino peruano, el “Vals de Iquique”, de Gilberto Rojas, recorre las calles y describe las playas del puerto salitrero.
Pese a su menor difusión, los puertos del litoral norte presentan también un abundante cancionero de autentica raigambre popular. Mejillones, Antofagasta, Taltal, Tocopilla, Iquique y Anca son temas recurrentes en la lira de un sinnúmero de cantores, vastamente conocidos e interpretados en esa zona.
En la actualidad, Valparaiso es una ciudad-puerto Patrimonio de la Humanidad.
Lucho Barrios, fallecio hace unos dias en su ciudad natal. Lima, Perú.
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